A buen seguro, en el preciso momento en que dedicas unos minutos de tu precioso tiempo a leer este artículo (¡muchas gracias!), en otro lugar más o menos próximo a donde estás, el inefable José Mourino sigue argumentando ante un interlocutor pasivo sus infinitas razones para convencerle de que existe una confabulación uefoespacial que persigue entronizar al Barça en la cúspide del fútbol mundial a costa de los equipos que él dirige. Nada nuevo bajo el sol. El principal inconveniente de prestarle tanta atención a las pérfidas teorías conspirativas fantaseadas por el community manager del Real Madrid, al margen de un perjuicio innegable para la salud física y mental del sufrido receptor de sus mensajes, es que nos distraemos hacia lo superfluo y no centramos el debate en lo verdaderamente noticioso. Y es que anoche, en la latitud 40.24 N, a eso de las diez y cuarto de la noche, Dios volvió a disfrazarse de futbolista.

A diferencia de las portadas torticeras y mezquinas de gran parte de la prensa española, por fortuna, el resto del Planeta Fútbol se hace eco de esta aparición divina. Basten como ejemplo las primeras de Olé, L'Equipe y La Gazzeta dello Sport, las publicaciones deportivas internacionales de mayor prestigio. En su análisis del partido de ayer, los tres diarios coinciden en que el epicentro del movimiento sísmico ocurrido en Madrid fue provocado por Él, el Altísimo, el Creador, el Todopoderoso... el puto amo. Gracias, Messi, por las maravillas que nos dejaste anoche, y sobre todo, por las que aún nos tienes reservadas en un imprenetrable rincón de tu desbordante talento.