Maradona y la bella Larissa Riquelme hablaron de desnudarse en caso de victoria de los suyos, que finalmente no llegó. Diego por compromiso con su cargo, por justicia con su leyenda y por ofrenda que entregar a los seguidores de su exclusiva y curiosa iglesia de los maradonianos. La misma que celebra la Navidad el día del nacimiento de Maradona y que nos dice que estamos en el año 50 D.D. (después de Diego). La que rinde culto al tetragramaton D10S, abreviatura de un Dios que se funde con el 10 que nadie vistió mejor que él.
Y así vive Argentina, entregada a una nueva religión y con el peso de 130 kilos de Maradona a la espalda. Carga que no se quitarán jamás y que hay veces que pesa más que nunca. Cómo ha ocurrido en el Mundial de Sudáfrica, donde decidieron pasar de la fe a las flagelaciones, azotanías o cuerizas, como manera de mostrar un compromiso superior. Un acto de piedad coherente con el entusiasmo que les despertó el gol a Inglaterra, en una carrera en la que creyeron ver entonces al Mesías y no a un grandioso futbolista. Y con semejante éxtasis han vivido el campeonato. Y con semejante devoción no han visto aparición mariana alguna. Es cosa de fe y no cabe la razón. Argentina camina envuelta en una túnica sagrada y creerá ver la cara de Diego en cada trozo de tela. Ensimismada y sin caer en que mejor será adorar otra creencia menos pesada, en grandiosa definición de Vicente del Bosque.
Larissa, en cambio, no necesita de religiones. Lo suyo es puramente terrenal. Se desnuda para gratificar a los paraguayos. Para reconocer un trabajo bien hecho. Altruismo sin más. Sin fe por medio. Mundial 2010, año 1 después de Larissa.