Uno de los principales alicientes que nos presenta cada Mundial es el inevitable movimiento que genera en la compra y venta de futbolistas. Ajenos a los informes de sus legiones de ojeadores, antes incluso de que concluya la cita sudafricana, la inmensa mayoría de los poderosos clubes europeos se lanzará a por las joyas que más hayan brillado a lo largo de este maratón de 64 partidos.
Poco importa la edad, la posición en el campo o el precio del traspaso: lo que prima es conseguir la fotografía de la codiciada estrella con la camiseta del club de nuestros amores. Sin embargo, a la larga, el tiempo demuestra que la mayor parte de estas contrataciones realizadas al calor de los fervores mundialistas resultan precipitadas y acaban revelándose como sonados fiascos.
Pero si de algo sirve también el escaparate mundialista es para que cada club descubra el verdadero valor de lo que tiene en nómina, de los jugadores que persigue y, por qué no decirlo, de aquéllos otros que ha dejado marchar. Hago esta reflexión el mismo día en que el anuncio del fichaje de Di Maria por el Real Madrid compite en las portadas de los diarios deportivos con las crónicas de los partidazos disputados ayer por algunos de sus ex galácticos. Atendiendo estrictamente a la ley de la oferta y la demanda, si por el joven extremo argentino se han pagado 25 millones de euros (más 11 por objetivos), ¿cuál es hoy el precio de Robinho, Sneijder o Robben?
Aviso para navegantes: miren bien lo que tienen en su vestuario antes de aventurarse al mercado y pagar lo que no se tiene por ese mirlo blanco que nos deslumbró una noche de verano.