Thomas Rymmer fue un escritor que pasó a la posteridad por una insolencia más que discutible: negar la calidad de las obras de Shakespeare. Quizá para compensar tamaño atrevimiento, este historiador del siglo XVII acuñó también el concepto de justicia poética, uno de los términos más repetidos desde entonces en los manuales de literatura. Según argumentaba el osado crítico inglés, la vida resulta tan arbitraria y parcial, que solo en la ficción es posible que "los buenos obtengan premio y los malos sean castigados". Tres siglos después de tan original aportación, el Mundial de Sudáfrica 2010 parece empeñado en seguir la tesis de Rymmer y regalarle unos días de gloria a los que menos han saboreado las mieles del triunfo y a quienes llevan muchos años sometidos a oprobio.
Despúes vino la debacle italiana. Tras los dos primeros empates, logrados con una soberbia apología de su juego cicatero y mezquino, muchas voces autorizadas proclamaron a los cuatro vientos el estilo 'ganador' de los azurri. "Al final seguro que estarán ahí, ¿no recordáis su primera fase en España'82? Así se ganan los Mundiales, yendo de menos a más". Pues resulta que a los transalpinos se les rompió el cántaro de tanto llevarlo a la fuente. Derrota contra Eslovaquia y el calcio que pide cita urgente con el psicoanalista. ¿Servirá la terapia para que los tetracampeones cambien su estilo y en la próxima cita apelen al talento que esta vez han dejado en casa? Los damnificados durante décadas por la eficacia italiana se congratulan de que, algunas veces, lo ricos también lloren.
Tercer capítulo. El primer vencedor de la historia de la Copa del Mundo llevaba más de 60 años desaparecido de la elite. Ganador de dos Copas Jules Rimet, el bicampeón Uruguay fue poco a poco deshabituándose de la escena futbolística, limitando sus apariciones a esporádicos escarceos que nunca lograban llegar más allá de los octavos de final. Por la escuadra celeste han desfilado futbolistas de la talla de Francescoli, Alzamendi, Rubén Sosa, Bengoechea o Montero, pero nunca han estado cerca de reverdecer los viejos laureles. El escritor Eduardo Galeano, reconocido hincha charrúa, explicó los fracasos de su equipo del alma con la siguiente sentencia: "Si aprendiéramos de ella, todo bien, pero no: nos refugiamos en la nostalgia cuando sentimos que nos abandona la esperanza, porque la esperanza exige audacia y la nostalgia no exige nada". Por lo visto en Sudáfrica 2010, Luis Suárez y Diego Forlán solo miran atrás para coger impulso.
El fútbol africano se estaba pegando un batacazo imponente en su Mundial. De los seis participantes, cinco de ellos habían sido eliminados en la primera ronda exhibiendo un juego más que decepcionante. Solo Ghana salvó el honor del continente negro, aunque tampoco desplegó el estilo preciosista que se le suponía. De hecho, sus dos únicos goles de la fase de grupos vinieron de penalti, lo que se tradujo en una clasificación poco glamurosa y repleta de incertidumbres. En esas estábamos cuando el cruce de octavos de final les enfrenta a los Estados Unidos, un outsider con galones de aspirante tras su actuación en la Copa de las Confederaciones del pasado año. Visto y no visto. Ni la presencia del ex presidente Clinton en las gradas fue capaz de cambiar el curso de las cosas. Las llamadas Estrellas negras derrotaron a los yanquis y mantienen vivo el sueño de África.
Inglaterra y Alemania vienen incubando una irreconciliable rivalidad desde la final de la Copa del Mundo de 1966. Ambos equipos protagonizaron una memorable final en el estadio londinenese de Wembley, un choque histórico entre Bobby Charlton y Franz Beckenbauer, dos leyendas del fútbol que se jugaban la supremacía del balompié mundial. El triunfo se inclinó del lado local gracias a un inexistente gol fantasma de Hurst en el tiempo de prórroga. Desde entonces, los alemanes se han tomado la revancha en no pocos torneos, motivando incluso el conocido axioma de Lineker: "El fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y en el que al final ganan los alemanes". Pero ninguno de esos desquites había adquirido tanta semejanza con aquél como el de Sudáfrica 2010. El espectacular gol Lampard se quedó en el limbo, y con él, las esperanzas del ejército de cracks dirigido por el almirante Capello, según los especialistas, uno de los máximos aspirantes al trono mundial. Seguro que Beckenabuer, Overath y Seeler esbozaron una sonrisa sarcástica al ver cómo la historia les devolvía la jugada de hace 44 años en sentido inverso.
Y en esta antología de deudas pendientes, los españoles tenemos mucho que demandar. Y es que la Roja se encuentra por derecho propio entre los máximos acreedores de la justicia lírica que predicaba Thomas Rymmer. Ojalá la corriente de equidad que parece soplar en este Mundial nos empuje a lo más alto.
PS. Como la realidad acaba imponiéndose siempre a la utopía, Argentina ha arrollado a México tras recibir el impulso necesario en forma de gol ilegal. Los pupilos de Aguirre no han podido resarcirse de la triste eliminación sufrida hace cuatro años ante el mismo rival, lo que demuestra que la teoría de Rymmer mantiene algunas lagunas más que considerables.
PS 2. Ojo, con los albicelestes de Maradona, quienes junto al Brasil de Dunga, enarbolan en esta Copa del Mundo la bandera de la tecnocracia y el posibilismo. Si finalmente los pronósticos aciertan y los dos clásicos del fútbol sudamericano llegan a la final, deberemos recitar con desencanto el célebre monólogo de Calderón de la Barca: ¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Gracias